Los orígenes

Recordemos que hace unos cuantos años, quizá 11 ó 12, algunos de nosotros tratábamos el problema de la Europa de dos velocidades en la Facultad, a través de los casos prácticos de la asignatura Política Económica.

Cuáles serían las políticas fiscales y monetarias con las que los respectivos gobiernos podrían armonizar el crecimiento económico.

Se daba por aquellos años una curiosa diferencia de velocidad en el ciclo económico de países como Francia, Alemania y Reino Unido (si bien, por su especial relación en el seno de la Commonwealth el Reino Unido tenía sus propias «particularidades»), por un lado, frente a la velocidad del ciclo -y sobre todo, cadencia de éste- mostrada por otro grupo de países formado por la división «de segunda velocidad»: España, Grecia y Portugal. Italia, por su parte, era una especie de puente-vinculante, como siempre ha sido en cuestiones políticas en el seno de la Unión.

Aquí la armonización de ciclos, en presencia de la «cesión» de las herramientas de política monetaria al Banco Central Europeo era una restricción de gran importancia, pues habilitaba -como así hizo- a los diferentes gobiernos para emplear únicamente herramientas de tipo fiscal, toda vez que la divisa ya no podría ser devaluada por los Bancos Centrales de cada uno de los estados miembros.

El EURO

En aquel momento la divisa Euro era un ilusionante estímulo para la construcción final de ese Ente llamado la Europa-Unida, y europeístas de pro abogaban por un construccionismo político posterior.

El profesor Josep María Jordán Galduf (que muchos recordarán por sus manuales técnicos de economía), señalaba en sus clases y en artículos de prensa, como necesaria (y suficiente) la posición de construcción política posterior a la construcción económica. Más en propiedad: como «opción más realista».

Desde este enfoque, tras la unión de comercio (eliminación arancelaria), y la libertad en el mercado de trabajo (movimiento de personas), así como en el movimiento de capitales, sería factible la unificación de políticas monetarias y ello permitiría la aparición de la divisa común y de políticas económicas de estímulo ya unificadas, para terminar construyendo un proyecto político común, puesto que según este enfoque de no ser así (primero la economía, más tarde la política) jamás se hubiese podido realizar en los años 60-70. No hubiese funcionado una unión legislativa y políticia preliminar que diera lugar a una unión económica y financiera.

El eterno aliado de USA: Reino Unido

Quizá hubieron dos elementos de sesgo con respecto de la teoría ideal esperada por los líderes europeos, y no hago mención a la crisis de 2008 y su incompetente gestión política posterior de cuyas decisiones comenzamos a comprobar sus devastadores efectos en estos días.

Me refiero a la no-unificación (al menos, no suficiente unificación) de las políticas de estímulo, junto con la ahora tan predicada armonización fiscal (consolidación, en referencia a cada estado miembro; y armonización de unos con respecto a otros).

El interés del Reino Unido por mantenerse siempre al margen (¡¡ese Canal de la Mancha, cuánto autismo europeista ha provocado en las Islas Británicas!!), y jugar al «sí, pero no», junto con el trabajo de Irlanda (por poner sólo un ejemplo) en la rebaja demoledora de su Impuesto de Sociedades (demoledora para otros estados, queremos decir; recordemos que Microsoft, Google, Apple y otras grandes corporaciones canalizan sus operaciones para toda Europa desde Irlanda, aprovechando los irrisorios tipos impositivos-promedio a los que se ven sujetos).

Paraísos fiscales dentro de la Unión Europea

En ese camino también transcurrieron los intereses del propio Reino Unido, con sus offshore implícitos (intrapaís); también Luxemburgo (promotora de las SICAVS, con tributación al 1%) y Holanda con el famoso sandwich holandés (palanca con las Antillas Holandesas y tipos impositivos «pactados» con la Hacienda holandesa, de entre el 3% y el 8%).

Todo el interés de los países más importantes de la unión monetaria pasó por no «tocar» esos grandes bastiones de los que de un modo u otro se veían beneficiadas la mayor parte de sus grandes empresas: la mayoría de empresas cotizadas en el IBEX, DAX XETRA, LSE, etc.

Esas grandes corporaciones directamente o sus accionistas de referencia, de una manera indirecta, cuentan con «apoyos» en Islas del Canal (Jersey), Luxemburgo u Holanda. De ahí la importancia de la articulación de una efectiva «planificación fiscal», elemento que por poner un ejemplo reciente que ha pivotado la fusión de Iberia con British Airwais de una manera más que activa.

Para los más puristas, debemos señalar una vez más que «la evitación» no es un sinónimo de «la evasión», en cuanto a tributos nos referimos.

Tampoco lo sería si habláramos de psicología de la conducta; la evitación no afronta la cuestión y no llega a abordarla (en materia fiscal, de forma plenamente legal), y la evasión por su parte sí la afronta, pero elude corresponder a sus «obligaciones» formales y de fondo (en materia fiscal, de una forma totalmente fraudulenta y punible).

¿Este futuro era previsible?

Aquí falló el ajuste (armonización) fiscal; también la unificación de ciclos económicos y desequilibrios internos de cada uno de los estados.

Ciertamente, los países que hace 12 años fomábamos parte de la Europa de la segunda velocidad ahora nos encontramos catalogados en el entorno de lo que la flema británica bautizó hace unos años como los PIGS (Portugal, Irlanda, Grecia y España).

Curioso. Muy curioso.

castellopro@gmail.com

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