Artículo publicado en el diario La Verdad

En un país como el nuestro, de ascendencia envidiosa e idiosincrasia cainita, fracasar está casi tan mal visto como tener éxito.

El empresario si consigue que su empresa crezca, obviamente, tiene que ser un explotador; si ha ganado mucho dinero, seguro, es una mala persona. Algo malo le habrá hecho a otros para llegar a enriquecerse.

Ahora bien, si ese mismo empresario fracasa no sólo es un perdedor, sino que además su ego está tan dilatado que no fue capaz de contenerse, tuvo que demostrarle a los demás de lo que era capaz. Y no lo logró. Le está bien empleado. El fracaso será una mancha indeleble en su expediente.

Si el emprendedor transcurridos dos, tres o cinco años, finalmente, se ve obligado a echar el cierre, nunca podrá volver a llenar el vacío de esos años en su currículum. Se le considerará un perdedor.

El emprendedor tiene dos opciones. Si decide ocultarlo, siempre tendrá una pregunta  incómoda en los procesos de selección. En cambio, si opta por dejar constancia del hito en su currículum, una sombra de duda le recorrerá cada día.

En EEUU existe una muy bien asentada cultura del fracaso que no sólo diluye la aversión al riesgo, sino que posibilita que el emprendedor vivencie esa experiencia negativa como un medio de formación avanzada y de alto rendimiento. Está en el ADN de ese país donde un impulso individual mueve el destino de los ciudadanos por encima de la acción de sus gobernantes.

España cuenta con un gran potencial en los dominios del emprendedurismo y de la innovación, pero de manera colectiva creemos poco en nosotros mismos y nos sentimos observados -valorados y cuestionados- por nuestros conciudadanos. En el fondo, y parafraseando a Jorge Valdano, tenemos un problema de miedo escénico. En verdad, somos un manojo de complejos.

Como suele decir Pedro Bisbal, director de CVBan (Asociación de Business Angels de la Comunidad Valenciana), llegados a un cierto punto en el que los esfuerzos adicionales han dejado de surtir efectos sobre el resultado de la empresa, alcanzado el punto de inflexión en el que no somos capaces de encontrar el modo de hacer que se cumplan las previsiones de nuestro Business Plan, el emprendedor debe saber abandonar a tiempo, justo antes de que el proyecto le subyugue a nivel personal, familiar y económico de un modo irreversible.

En este sentido, me viene a la memoria la ponencia ofrecida por Jorge Benedi, hace apenas unas semanas, en las II Jornadas de Comunicación, Periodismo, Publicidad y Social Media #7del7 de Crevillent. Coincidí con Jorge como ponente en la mesa de debate sobre marketing on-line y nuevas tendencias de la comunicación invitado por el profesor de la Universidad de Alicante, Enrique Martínez.

Jorge ha desarrollado su trayectoria profesional como director creativo y emprendedor. En su ponencia nos habló con muy fina ironía sobre las cosas que no se deben hacer cuando uno crea su propia empresa; en este caso, una agencia de publicidad. Los errores, los aciertos, las limitaciones, la obcecación, las entidades financieras y los problemas de financiación, los impagos, los socios, el tipo de clientes, las relaciones con los amigos y con la familia, la fijación de precios y cómo se puede llegar a evitar que un emprendedor muera de éxito.

En definitiva, el emprendedor debe dotarse a sí mismo de una visión centrada en el concepto de riesgo cero. En esa focalización arranca precisamente el círculo virtuoso del emprendedor. Saber dónde está, de lo que es capaz y hacia dónde se dirige. Todo lo demás debe resultarle irrelevante. De su tesón derivará la acción y como consecuencia de su inquebrantable voluntad podrá llegar el éxito.

Si finalmente el proyecto resulta exitoso, habrá llevado a término su sueño. En caso contrario, riesgo cero, el fracaso correctamente asimilado supondrá una fantástica herramienta para lograr la mejora personal y profesional.

Ser emprendedor no sólo consiste en crear empresas o en ganar dinero con ellas, sino en dotarse de una determinada actitud ante la vida. Emprendamos.

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