ARTÍCULO PUBLICADO EN LEVANTE-EMV

Las instituciones públicas españolas corren riesgo de terminar volviéndose el apéndice clientelar de una oligarquía caduca.

En su interesante trabajo Por qué fracasan los países (Deusto, 2012), los profesores del MIT y Harvard, Daron Acemoglu y James A. Robinson, desgranan el modo en que las élites institucionales se vuelven no incluyentes a lo largo del análisis realizado en múltiples naciones.

Las instituciones son organizaciones políticas o económicas que modelan a través de su curso de acción el comportamiento de las demás organizaciones o que, en todo caso, tratan de limitar sus grados de libertad.

Las élites de estas instituciones logran modificar la libertad de los individuos que las conforman y determinan el modo de relación con otras instituciones, algo que termina afectando a la sociedad en su conjunto y al nivel de desarrollo económico del país.

El diseño deficiente de los mecanismos de construcción de las instituciones genera una deriva en torno a las élites políticas, económicas y administrativas, ofreciendo incentivos perversos a los agentes económicos.

Un incentivo perverso es como un semáforo estropeado que se pone en verde cuando no tenemos preferencia y provoca accidentes de tráfico.

Hablando en términos económicos estos ‘accidentes’ suponen un alejamiento del modelo de competencia perfecta y de su eficiencia asignativa.

Los estímulos planteados por las instituciones condicionan causalmente conductas en las empresas y en los ciudadanos cada vez más alejadas del óptimo, habitualmente basadas en un sesgo de discrecionalidad y oportunismo.

Y es ahí precisamente donde las élites se vuelven extractivas, pasando a capturar rentas para sí mismas y para sus redes de favores clientelares.

En el ámbito de las instituciones políticas, Gerard Padró i Miquel -catedrático de economía en la London School of Economics and Political Science- ha focalizado gran parte de su carrera académica en el estudio de la accountability.

La accountability vendría a asimilarse a la capacidad con que cuenta un ciudadano para poder exigir la rendición de cuentas a los gestores públicos.

El fenómeno social Podemos surge como contrapunto al eco de la melodía miope del PSOE, pero la cuestión central no pasa por resolver si Podemos finalmente podará las instituciones, sino si el pretendido cambio institucional resultará incluyente para el resto de la sociedad.

Parece existir una asimetría de configuración entre los dominios de la izquierda y los de la derecha, y sin el concurso de todo el arco ideológico no puede darse una reforma institucional que no quede condenada al populismo o al extremismo sectario.

El profesor Padró i Miquel, en su trabajo de 2007 La política del miedo, analiza cómo en las naciones que se dotan a si mismas de instituciones tan poco incluyentes como para llegar a configurar una sociedad extremadamente dividida sus ciudadanos terminan por ‘aceptar’ la corrupción de ‘los suyos’ pues la alternativa a ese despotismo consciente sería que gobernasen ‘los otros’.

En contextos muy polarizados la corrupción de los propios se vivencia como un mal menor.

Resulta crucial llevar a cabo un riguroso análisis del fenómeno sociológico que contribuye a conformar una oferta política que se declara abiertamente incluyente (Podemos) y que cuenta con un amplio respaldo en las urnas entre el electorado progresista, frente a la bastante más limitada repercusión en los últimos comicios de este mismo planteamiento al orquestarse desde el espectro más conservador del electorado (Ciudadanos o UPyD).

Si la configuración agregada resulta plural, este nuevo marco institucional proporcionará una sociedad menos dividida e ideológicamente menos maniquea.

Desde la interacción institucional, todo ello hará posible abonar el suelo en que crecen nuestras empresas, respetando el ámbito de la acción individual y ofreciendo un impulso sostenido a la generación de empleo neto, al crecimiento a largo plazo de nuestra economía y al progreso de España.

En suma, y como acostumbraba a decir Herbert Von Karajan, el que fuera titular de la Filarmónica de Berlín durante 35 años, la mayor virtud del director está en saber cuándo hay que dejar la batuta para no molestar a la orquesta.

http://www.levante-emv.com/opinion/2014/05/30/elites-extractivas/1118595.html

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