ARTÍCULO PUBLICADO EN ELDIARIO.ES

A finales de 2012 Jesús Fernández-Villaverde (catedrático de economía en la Universidad de Pensilvania) dictaba una interesante conferencia en ICADE Madrid.

Socorridas acciones de gobierno mediante, vemos los resultados de la reestructuración del sector financiero y de las tímidas reformas en materia de mercado de trabajo, ambas con efectos inciertos.

A las puertas de una reforma fiscal de calado, nos queda una sensación agridulce, pues si bien el riesgo de salida del euro es prácticamente inexistente, nuestra deuda sigue galopante y el déficit no sucumbe ni a los más finos trabajos de ingeniería financiera y contable (ver aquí).

El PIB será la verdadera revelación esta temporada

Gane o pierda el Mundial de Fútbol de Brasil 2014, España será la sorpresa del crecimiento económico en la Unión Europea. Pero nuestro modelo de crecimiento sigue intacto. Y los vicios institucionales y clientelares siguen más vivos que nunca.

El optimismo voluntarista resulta a largo plazo tan grave en su cronicidad como pueda serlo el pesimismo más recalcitrante. España sufre de ambos males, repartidos en partes iguales a lo largo de todo el arco ideológico.

La estela bolivariana que deja en el aire Podemos, de aires incluyentes en su configuración electoral progresista, con una desigual caracterización -y con un más tímido respaldo en las urnas- desde el lado conservador, apunta hacia unas élites extractivas especializadas en la captura de rentas y que se enrocan ante los principios participativos mínimamente exigibles a cualquier planteamiento democrático y, finalmente, se resisten a ser desmanteladas.

Estos días, entre los ecos de ínfulas republicanas, un Show-Sondeo realizado por el Gran Wyoming en su programa de La Sexta daba como clamorosa ganadora a una Monarquía parlamentaria con Felipe VI frente a la -capciosa pero realista- alternativa de una III República presidida por José María Aznar.

Sea como fuere, suscribo las palabras del catedrático de la London School of Economics and Political Science, Luis Garicano, que hace apenas unos días en El País, en su artículo “La Monarquía no es el problema”, apelaba al entendimiento y al establecimiento -en nuestro caso, conservación y mejora- de un marco institucional favorable para la convivencia y el consenso, tanto en la encrucijada abierta tras la abdicación de don Juan Carlos I como ante el reto soberanista planteado desde Cataluña.

Las carencias institucionales ya descritas de manera palmaria por el profesor Fernández-Villaverde en septiembre de 2012 siguen hoy pendientes de profunda reflexión y de las correspondientes reformas.

La pregunta no es si Podemos, sino si Queremos

Confiemos que unos y otros, atrincherados hoy en sus poltronas y en las de sus amigos íntimos -recordemos la famosa y obscena puerta giratoria-, tomen finalmente nota de la deriva populista que llega, y no traten de seguir viviendo de sus rentas pasadas. Por el bien de todos.

Para el Partido Socialista, más si cabe, resulta sangrante esta inercia costumbrista. Como bien explicaban hace unos días Ana Noguera y Andrés García Reche, si los Socialistas siguen obviando ingenuamente su dura realidad, si su ‘aparato’ sigue viviendo en el status hasta hoy consolidado, el PSOE corre el riesgo de pasar a la historia como el partido cuyo primer Pablo Iglesias le dio la vida y el segundo terminó por quitársela.

El desarrollo de nuestro país y su progreso económico se deben en última instancia al fit institucional.

Aplíquese el conjunto de fuerzas políticas -de todos los colores; opciones de gobierno y tímidas fuerzas de contrapeso, todas- pues de la generación de un sistema inter e intrainstitucional incluyente dependerá la calidad de nuestra democracia y el nivel de desarrollo sostenible en el tiempo de nuestro país.

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