ARTÍCULO PUBLICADO EN VALENCIAPLAZA.COM

 

Tuve una cuenta, hace años. Incluso reuní a más de mil amigos; a la mayoría nunca los llegué a conocer. Un buen día decidí darme de baja. Aquel entorno idílico se volvió entonces un laberinto kafkiano. Con mucho esfuerzo terminé por lograrlo. Y no me arrepiento porque Facebook me sube el azúcar.

 

Enfrentarse a las redes sociales hoy es como renunciar ayer al uso del e-mail. Aunque los teléfonos inteligentes comienzan a superar en inteligencia a muchos de sus dueños. Algunos vuelven al no-Smart-Phone. Un dispositivo que les permita hacer y recibir llamadas. Sólo.

 

Tras tener mi red profesional traspuesta al formato Linkedin, de un tiempo a esta parte comenzaron a solicitarme contacto personas aparentemente muy majas pero que no conocía y que se declaraban ilusionadas en encontrar nuevos proyectos; más tarde, éstos se combinaron con otros que anunciaban estar en búsqueda activa de empleo, y siguieron mezclándose con los profesionales del coaching que empezaron a aparecer hasta en mi sopa. Siguieron los headhunters, casi siempre de medio pelo, los Social Media Strategist delirantes y muchos profesionales del SEO que, como chamanes, ofrecían soluciones imposibles a problemas generales.

 

Hace meses incorporé una breve leyenda en mi perfil, precisamente en la sección que Linkedin establece como recomendaciones para contactar con este usuario. Deduje que lo lógico era o bien conocer previamente al contacto o, en caso contrario, que esta persona viniera avalada por algún contacto en común. Así lo indiqué. Hoy, me sube el azúcar. Llevo más de 300 solicitudes de contacto recibidas procedentes de personas a las que no tengo el placer de conocer. Y ninguna intermediación de contactos en común.Linkedin ofrece fantásticas posibilidades para prescribir contactos profesionales a terceros.

 

Hace unas semanas llevaba a cabo un trabajo académico en una biblioteca universitaria. Comprobé que los alumnos experimentan, por lo general, serios problemas para mantener niveles elevados de concentración durante períodos más o menos largos de tiempo.

 

Su atención es limitada. Los chavales se desactivaban cada pocos minutos, cuchicheando con el compañero; incluso, garabateando en una hoja, ajenos a sus apuntes. La mayoría, inmersos en un acto reflejo que les mantenía pegados al SmartPhone. La casuística no distinguía entre chicos y chicas. Incluso presencié en mesas próximas sendos selfies. Sí, lo han leído bien. Alumnos haciendo un selfie para desconectar del estudio, 3 minutos después de haber revisado el whatsapp o de haber comprobado los comentarios de cualquier red social.

 

He de confesar que esa tarde ellos fueron mi distracción. Pero debo agradecérsela porque pude aprender mucho. Como economista me ayuda a comprender mejor la sociedad que, entre todos, estamos construyendo.

 

Decía una amiga, profesora universitaria de estadística, que un buen día en clase debía ilustrar el concepto bayesiano de probabilidad. Y en un momento dado, al formular un caso práctico, propuso a sus alumnos: “imaginemos una serie de números naturales que van desde el uno hasta el cien, cuál es la probabilidad de que un número tomado al azar sea primo” y entonces uno de los alumnos, plenamente convencido de la lógica de su pregunta, planteó en voz alta: “sí, pero… ¿primo de quién?”. Sin lugar a dudas a mi amiga le subió el azúcar.

 

Les puedo garantizar que si un alumno me suelta algo así en clase, a mí también me sube el azúcar.

 

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