Artículo publicado en ElDiario.es

Lo reconozco. En mis tiempos de escolar tenía una extraña afición. De jovenzuelo me gustaba coleccionar palabras. Sí, elegía palabras eufónicas, llamativas, que me parecían bellas por su sonido. Era un niño. No valoraba tanto como ahora el significado de las palabras. Me embargaban palabras como cocodrilo, camaleónico o diplodocus. Tenía una libreta llena de ellas. Me encantaba leerlas en voz alta, gritarlas. La ignorancia de las implicaciones de su significado era la base de mi felicidad.